jueves, 10 de febrero de 2011

El regreso de Marx en la era de Martinelli


El regreso de Marx en la era de Martinelli
Por Jorge Iván Mora
En tiempos como los actuales en donde el éxito hay que traducirlo como una obsesiva y vulgar carrera por acumular dinero, el regreso intempestivo de un personaje histórico como Carlos Marx, no es para hacerse de la vista gorda.
Su reencarnación en Panamá corre por cuenta del actor y singular director de teatro Norman Douglas, quien durante meses ha venido estudiando y trabajando en el montaje de esta obra de teatro escrita por el historiador social y dramaturgo estadounidense Howard Zinn.
En el año 2008 se estrenó en Soho, Nueva York, y se fue regando por el mundo como pólvora entre dramaturgos y grupos de teatro que la han llevado a escena en Europa y Suramérica.
La temporada en Panamá comienza el 21 de febrero hasta el día 26 en la ciudad capital y se presentará en un lindo escenario, el Auditorio José Dolores Moscote, Facultad de Economía, de la Universidad de Panamá. P La cita diaria será a partir de las 8 de la noche hasta las 9 y 30 pm.
Como Panamá vive una época de florecimiento económico, saturada de paisajes urbanísticos que imitan las grandes urbes del primer mundo, está rodeada de agua pero con severos problemas para su cabal suministro, es un país, como dijo el presidente Martinelli, ´con plata, pero lo que pasa es que la gente no lo sabe´, y además a todos nos consta que tenemos un gobierno dirigido por empresarios con trazas de autoritarismo pero que goza de no poca aceptación por parte de los de abajo, no deja entonces de ser curiosa la aparición de Marx.
Cuando uno asiste como espectador a los ensayos de Douglas, el temor que despierta la reencarnación es que una vez se enfrente al público va a levantar más ronchas en el lado izquierdo que en el derecho de nuestra folclórica sociedad.
Veremos la actuación de alguien que respeta la obra y se deja llevar por un repertorio de sesenta páginas cargadas de humor y sarcasmos, un viaje por la historia a partir de los sucesos de la Comuna de París, y un enfático rechazo al dogmatismo en que terminó convertida la doctrina marxista entre muchos de sus seguidores.
La obra puede resucitar la polémica acerca de la muerte del comunismo, ese ensayo colapsado que no pareciera fue lo que quiso proponer Marx en la otra vida, y que para los radicales de la izquierda sigue siendo precisamente dogma.
Y es seguro que lluevan rayos y centellas y que no falten los señalamientos ´hacia intelectuales y artistas por haberse desplazado hacia la derecha más reaccionaria, como en efecto ha ocurrido a propósito en otras latitudes del planeta.
De modo que los asistentes que temen al estilo del presidente Martinelli, esta vez pueden sentirse ajenos a delirios de persecución infundados en el adagio aquel de que “aquel que no está conmigo está contra mí”. La ira mayor puede venir de la otra orilla.
Si la gente se atreve a llegar al auditorio es probable que lo primero que oigan de Marx es: “¡Gracias a Dios! Me alegro que hayan venido. No han hecho caso de esos idiotas que han dicho: ¡Marx está muerto! Bueno, lo estoy… y no lo estoy”.
Luego se pregunta: ¿Porqué he vuelto?... ¡Para limpiar mi nombre! Se responde de inmediato. Y a partir de allí se despacha. Es mejor atreverse a asistir para que no haya tergiversaciones de este regreso de Marx. O surjan teorías revisionistas, como dicen por ahí en los cafés de moda de los intelectuales.
Otro asunto: como Marx tiene su teoría de la riqueza, los seguidores del precandidato presidencial Eladio, es decir los jubilados, sólo deben pagar cinco dólares por función. Los demás pagaremos diez dólares. Con esas tarifas no hay riesgo de acumulación de capital. O mejor dicho de plusvalía a favor del actor. Recuerden que hay que pagar locación, asistentes, producción, propaganda y demás ítems que demanda el mercado. En fin, hagan sus cuentas.
Hace un año falleció Howard Zinn, y su obra hoy está más palpitante que nunca. La empatía intelectual de Norman Douglas con el pensamiento de Zinn es evidente, y además, abiertamente reconocida por el director teatral panameño, quien en el mejor de los sentidos filosóficos se confiesa anarquista por amar la libertad individual antes que dogmas y valores indignos. Con semejante química, entre el autor estadounidense, el actor panameño y el personaje universal sujeto de la obra, en Panamá el retorno de Marx tiene que ser vulgarmente un éxito, aunque no les guste ni a Zinn en su tumba, ni a Marx ni al propio Douglas